lunes, 19 de abril de 2010

La separación de poderes



Reflexiones tras la contemplación del estado del monumento a la Constitución española de 1978 ubicado en el zaragozano Paseo de la Constitución.


Todos los regímenes políticos están estructurados en un conjunto de órganos de poder, cada uno de los cuales desarrolla de forma más o menos específica una función. Podemos decir que el más elemental criterio organizativo impone la división del trabajo, pero las democracias liberales han llegado más lejos: sus instituciones políticas se estructuran bajo el principio de la separación de poderes.

Expliquémoslo brevemente: en el Estado existen varias funciones, cada una de las cuales se ejerce separadamente por un órgano. Cada uno de éstos y su función correspondiente reciben la denominación de "poder": legislativo (el Parlamento, encargado de hacer las leyes), ejecutivo (el Gobierno, encargado de aplicar las Leyes) y judicial (los Jueces y Tribunales que dirimen los litigios derivados de la aplicación de las Leyes).

Ello no quiere decir, sin embargo, que no existan algunos vasos comunicantes entre todos ellos, pues es exigido por un elemental principio de coordinación. Sin embargo, el factor determinante de la configuración de los mismos es la independencia, que permite un juego de controles que evita o atenúa una tendencia constante en todo régimen político cual es la progresiva concentración del poder por los gobernantes.

De modo gráfico podríamos decir que, si pensamos en el Estado como un ser humano, el poder legislativo sería su razón, el poder ejecutivo, sus manos y pies y el poder judicial, su conciencia. De este modo, la razón dicta normas de conducta que son puestas en práctica por las manos y pies. La conciencia nos permite valorar las consecuencias de tales acciones y la necesidad, en su caso de eventuales correcciones o matizaciones en las normas.

La Constitución Española de 1978 ha alumbrado un Estado social y democrático de Derecho, uno de cuyos ejes rectores es este principio de la separación de poderes.

Un paseo matutino por el centro de Zaragoza me hizo reparar en el monumento a la Constitución instalado en el entronque del Paseo de la Constitución con la Plaza de Paraíso. Tal monumento está formado por tres grandes pirámides de acero inoxidable y una esfera del mismo material. Podemos pensar que la esfera representa el poder constituyente, la soberanía popular. Por otra parte, parece evidente que las tres pirámides representan a los tres poderes del Estado. Centrémonos en ellas: Las tres tienen las mismas dimensiones, si bien hay algunas características que las hacen diferir. En concreto, dos están abolladas y sin lustre. La tercera, por el contrario, presenta una superficie tersa y brillante. ¿Es esto fruto de una decisión consciente del escultor o, por el contrario, es consecuencia del azar o la desidia?

Haciendo memoria, creo recordar haber leido, tiempo ha, un corto en el periódico en el que el autor de la obra se quejaba amargamente del trato dado por el Ayuntamiento de Zaragoza a sus pirámides y exigía que se tomaran todas las medidas para que las tres quedaran igual de lisas y refulgentes. Es de desear que el debido respeto a la creación artística dé lugar a una completa satisfacción de las cuitas del artista.

Sin embargo, podemos contemplar esta cuestión desde una diferente perspectiva, siguiendo la idea del escritor italiano Arturo Graf, quien señaló que "en cierto modo, el arte es una crítica de la realidad". Tomemos, aunque sólo sea por un momento esta obra artística maltratada por la desidia de algunos y, con permiso de su autor, imaginémosla como una crítica de la realidad española:

La evolución de los acontecimientos en los últimos años ha permitido un enorme robustecimiento del poder ejecutivo, que se acompaña de una progresiva difuminación del legislativo - basta recordar las informaciones que transmiten incesantemente la idea de que el Gobierno, en Consejo de Ministros, aprueba las Leyes, tras lo cual sólo queda por cumplir "el trámite parlamentario"(sic) - y una constante agresión a la independencia del poder judicial. La identificación de las tres pirámides es obvia.

Por otra parte, la bola que representa al poder constituyente queda semioculta y ahogada entre los tres poderes constituídos.

Someto a la reflexión del amable lector que haya sido capaz de llegar a este punto de mi discurso las siguientes preguntas: ¿hemos de dejar las pirámides en su actual estado por corresponderse plenamente con la situación que padecemos, como testimonio de la misma?, ¿hemos de encargar a la brigadilla de obras del Ayuntamiento que abolle la pirámide del Ejecutivo y esparza por ella un carro de estiércol?, ¿consideramos oportuno que la misma brigadilla quite alguno de los golpes y melladuras que adornan la pirámide del poder judicial?, ¿hemos de elevar rogativas para que el poder legislativo recupere su pulso como motor del Estado de Derecho, en cuanto sede de la soberanía de todos los ciudadanos?, ¿conseguiremos el debido equilibrio entre las tres pirámides, de modo que todas ellas se muestren a nuestra contemplación con un brillo razonable y prácticamente desprovistas de "abolladuras"?, ¿resplandecerá por fin sobre las tres pirámides el brillo de la esfera que representa la soberanía de los ciudadanos?


En vuestras manos dejo la respuesta



1 comentario:

Betty Boop dijo...

¡¡Que curioso!!, soy estudiante de Derecho, y hace un tiempo que vivo en Zaragoza. No tenía ni idea de lo que representaba la escultura.